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10/09/2005
Orejas
Hace unos días ví un cartel rojo por la calle que me llamó la atención. Decía tal que así: "Ska-P ¡¡¡Último concierto!!!!" y la verdad es que estoy por ir...para celebrarlo. De hablar de ellas tanto últimamente me he dado cuenta que no cuidamos nuestras orejas. No las protejemos como es debido. Ni de los contertulios que odian al mundo, ni de los contertulios que odian al otro mundo, ni de los que cantan a la legalegalización (que era lo que me faltaba para que en mi casa se merendara hachís untado en vez de Nocilla) ni de otros sonidos estridentes que pueden llegar a hacerlas sangrar. No es cuestión de ir con orejeras forradas con pelo Mimosín ni de hacer como algunos engendros humanos que pueden doblárselas hacia adentro, como encholándoselas, en la cavidad central pero con algo deberíamos tapizar nuestro pabellones. ¿Cartones de huevos servirían?. Apenas caemos en ello pero nuestro equilibrio, el físico, está en nuestras orejas. Si levantamos las fronteras auditivas, si dejamos de tener esas preciosas orejas de madera que no se pispan en exceso, se nos colarán los susurros contaminantes en forma de patera o de cerumen derivado de la granja San Francisco que traerán hasta nosotros el temido, el doloroso desequilibrio. Si no tenemos vocación funambulista debemos hacer algo que nos enseñaron a contemplar como de mala educación: cortar a la gente. No dejarles terminar de hablar. Agarrarse los orejones y con una fea y musicalizada voz, al tiempo que sacamos nuestra lengua a paseo, berrear: "habla chucho, que no te escucho" hasta el infinito o hasta que el contaminador se calle.
Nuestras orejas son nuestra vida. Que le pregunten a Dumbo.
27/09/2005
El Maestro dice que es Mozart pero suena como un chicle
Me despierto y no me ubico. Los gritos del patio no hacen por darme los buenos días y el cambio de marca de zumo de naranja no mejora nada. "Recién exprimido" dice el cartón. Exprimirle algo al tipo que ha comprado semejante mierda y que cohabita conmigo son mis deseos matutinos. ¿Eso está mal?. No debería ponerme de malos zumos en la entrada de la jornada pero es que odio encontrarme con cosas nadando en las bebidas: no a la nata en la leche, no a las aceitunas en los dry-martinis y no al zumo recién exprimido. Los ficticios están bien. Hay tipos que piensan como tipos y hacen zumos que no son zumos pero que saben a zumo. "Es que los tomates de la huerta más rural saben a tomate" dice un señor con boina al fondo del auditorio. Y yo preocupado, hago una señal a un tipo con pinganillo para que no se vuelva a repetir. ¿Eso está mal?. En unos días haré un programa de radio ficticio . No va de tomates, va de melocotones y me acompañará un asiático en horas altas. ¿Eso está mal?. Observo con ira al tipo que me ha pegado el cambiazo con el zumo: está chupando un papel. Creí que era pelirrojo pero no. Es la Antorcha Humana, la verdadera. Lo que creíamos tronco se ha revelado la parte no filtrada y su cabello no son más que brasas a él. Esta demencia me lleva a la cabeza la última peli que he visto, la primera de Carpenter. En ella, una pelota de Nivea con patas pintada de rojo putea durante una hora al guionista de "Alien" hasta hacerle hablar con bombas. ¿Eso está mal?. Espero no acabar como él, no me lo puedo permitir. Tengo que vigilar a la Antorcha. La Antorcha me dice que ha visto unas tetas en la serie del perro de los domingos por la tarde pero no estoy para contradecirle, no sin mi zumo. En su lugar espeto que la próxima vez que me altere los jugos le arrancaré sus coloristas vellos púbicos (que son los más privados) de cuajo y sin avisar. ¿Eso está mal?. Le miro con estupor mientras se la suda. Me dirijo a buscar un arma silenciosa al tiempo que oigo unas voces femeninas cantando algo así como "euros, euros, dubidú...". Recordando que no cobraré remuneración alguna por apagar la Antorcha y que carezco de armas no ruidosas me retiro a refugiarme en la música. Una boca humeante me chilla: ¡Quita ese country que en la radio está OBK!. Se me escapa una sonrisa. ¿Eso está mal?

